HOMILÍA DEL P. ROGELIO DEÁN PUERTA
HOMILÍA DEL P. ROGELIO DEÁN PUERTA
Párroco de El Cobre
Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 30 de marzo 2025
IV Domingo de Cuaresma
“Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” Lucas 15, 32
Compartimos un poco sobre la palabra de Dios. Bueno, seguimos haciendo camino en la Cuaresma. Por eso siempre las primeras lecturas del Antiguo Testamento nos van hablando de ese caminar del pueblo de Israel en la historia de la salvación. Y qué bueno nosotros caer en cuenta que nuestra vida de fe, es un eterno camino, que no termina nunca.
Ahora, hay que hay que ser consciente de ese camino y preguntarse ¿cómo yo voy haciendo ese camino? Ciertamente el pueblo de Israel en ese caminar cayó muchas veces en muchos pecados, y ciertamente también tuvo buenos guías, instrumentos del Señor que les animaban a levantarse y a continuar.
La historia de cada país en materia de fe, es también una historia de salvación, un caminar. Y qué bueno nosotros ser conscientes qué tanto nos hemos caído y en qué sentido nos tenemos que levantar. Somos muy muy ágiles para ver en qué se han caído los demás, y muy lentos para descubrir en qué que yo me he caído.
Es bueno identificar las caídas, y también es bueno identificar el amor infinito de Dios que nos invita siempre, y de modo incondicional, a levantarnos. En la lógica humana está muy presente el sistema de obras, virtudes y premios. O sea, pensamos así, hago algo bueno, merezco un premio, hago algo malo, merezco un castigo. En la dinámica de Dios no es así. O sea, para empezar, no tenemos que hacer nada más grande, ni nada mejor para que Dios nos ame más o nos ame menos.
Nos ama incondicionalmente siempre muchísimo. Más allá de mis obras, de mis caídas, de mi de mis miserias, está siempre ahí, ardiendo de amor por mí. Por eso encontramos a los maestros de la ley, a los fariseos, a los entendidos, a los grandes de la época criticando al Hijo de Dios, a nuestro Señor Jesús, porque comía y se relacionaba con pecadores. Y esto no se entendía.
Esa costumbre vieja nuestra de los seres humanos de clasificar. Qué malo, qué malo cuando clasificamos. Los malos por allá, los buenos por acá, los que piensan de un modo por allá, los que piensan de otro modo por acá. Nos pasamos la vida clasificando, qué triste esas clasificaciones. Dios no hace esas clasificaciones. Evidentemente nos sueña mejores. Nos sueña unidos a Él, nos sueña activos en su amor.
Esta parábola del hijo pródigo es extraordinaria y nos trae un sentimiento de esperanza enorme, porque siempre existen los que se quedan y siempre existen los que se van. Qué malo cuando a partir de esas actitudes reaccionamos. Este padre, al contrario, este padre le inyecta más amor, más entusiasmo al que estaba perdido y regresa.
Entonces, qué bendición cuando en determinado momento de la vida yo me siento perdido, me siento extraviado, me siento miserable, me siento lejano, porque es una oportunidad para levantarme, regresar y disfrutar de los brazos abiertos de un Dios que siempre me va a estar esperando. Qué bueno que a veces también se nos mueva el piso. Qué bueno también que a veces pasemos por momentos difíciles para reflexionar dónde está Dios, dónde está su amor, dónde está su bondad, porque ciertamente cuando queremos seguir nuestros propios caminos nos caemos, lo pasamos mal porque los caminos nuestros no son con los caminos del Señor.
Y cuando vamos por esos caminos en esa autoreferencialidad, en ese egoísmo, ciertamente nos perdemos. Nuestro Padre siempre nos está esperando. Y qué bueno, qué bueno uno sentirse esperado. Qué bueno uno sentir que alguien le está esperando siempre. Eso nos da un gozo, una satisfacción tremenda, no estoy solo. Alguien piensa en mí. Alguien está pensando en mí, no importa dónde esté, no importa las condiciones que esté viviendo, no importa lo que me lo que me he equivocado. Dios está pensando en mí. Me está esperando.
Vamos a pedirle a nuestro a nuestro Dios por intercesión de la Virgen de la Caridad, nuestra Madre, la Madre de todos los cubanos, que seamos conscientes que siempre podemos volver a Dios, que siempre nos va a estar esperando. Que no clasifiquemos, que no rechacemos. Que entendamos de una vez y por todas que todos podemos participar del amor del Señor. Que no debemos rechazar, al contrario. A veces de repente, los más lejanos pueden ocupar los primeros puestos.
Madre Santísima de la Caridad, ayúdanos. Ayúdanos siempre a encontrar el camino de regreso al Padre. Y que podamos vivir con gozo en la casa del Señor en esa felicidad que Él nos ha prometido y que necesitamos. Que así sea.