HOMILÍA DE MONS. DIONISIO GUILLERMO GARCÍA IBÁÑEZ, 16 de febrero 2025
HOMILÍA DE MONS. DIONISIO GUILLERMO GARCÍA IBÁÑEZ
Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 16 de febrero 2025
VI Domingo del Tiempo Ordinario
“Jesús miró a sus discípulos y les dijo, dichosos ustedes los pobres, pues el reino de Dios les pertenece” Lucas 6, 20
Hermanos,
Quiero comenzar recordando la oración con que iniciamos la misa. Esta oración que se llama colecta, porque en ella recogemos las peticiones que hoy queremos elevar todos al Señor, dice así, “Señor, tú te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón”. Rectos y sencillos de corazón. Un corazón recto que busca la verdad, sencillo que no se vanagloria, sino que confía siempre en el Señor. Y ahora viene la petición, “Concédenos vivir por tu gracia de tal manera, que merezcamos tenerte siempre con nosotros”, es decir, habitar en nosotros que tratamos de ser rectos y sencillos de corazón. Es decir, nosotros tenemos que tratar de ser rectos y sencillos de corazón, y ahí tenemos la garantía de que el Señor habite en nosotros.
Eso es lo que vamos a pedir para nosotros y para todo el mundo. Ojalá que todos busquemos ser rectos y sencillos de corazón. Ahora vamos a ver qué nos dicen las lecturas. Yo siempre digo, hermanos, que nosotros muchas veces no sabemos aprovechar nuestros tiempos. Y sí, lo empleamos en tantas cosas útiles. Cuando lo empleamos bien, lo empleamos en muchas cosas útiles, bellas, agradables, necesarias, lo aprovechamos así. Desgraciadamente otras veces no lo aprovechamos así. Perdemos el tiempo o lo empleamos en otras cosas que no deben emplearse. Es así, ustedes saben que la vida es así. ¿No es verdad? Eso nos pasa a todos, a ustedes y a mí.
Entonces, las lecturas de hoy de la misma manera que el domingo pasado había una línea de conducción de las tres lecturas que era la vocación, la llamada a Isaías, la llamada a Pablo, la llamada a Pedro. Hoy el Señor nos dice que nosotros en la vida tenemos que apostar. Ustedes saben lo que significa el verbo apostar. El verbo apostar es poner toda la energía o el deseo en conseguir dos cosas. Una. Yo apuesto por esto. A la gente que le gusta jugar, no voy a hablar si es básquet, fútbol o béisbol, juega y apuesta por un equipo. Aunque no apueste dinero, yo apuesto porque gane ese equipo porque es el mío.
Y en la vida también uno tiene que apostar. Acuérdense que Pablo decía que había que correr la buena carrera, que había que pelear el buen combate. Entonces, ahí cuando estamos haciendo eso, estamos apostando, ¿para qué? Para llegar a la meta. ¿Cuál es la meta nuestra? La resurrección. Entonces, Jesús vino a enseñarnos eso.
Y de la misma manera que el domingo pasado eran tres historias de llamada, de vocación, ahora el Señor nos pone ante un dilema. ¿Por quién yo apuesto? ¿Por este camino o por el otro camino? Aquí, en los pueblos de por acá, me imagino que en el mundo entero sea así, hay lugarcitos en el medio de los campos, en el monte, que le llaman la Y. Seguro que hay gente que conoce a alguno, ¿por qué le llaman la Y? Porque tú llegas aquí, y después tienes que coger o para aquí o para acá. No tienes otra alternativa. Si vas por aquí te fuiste, si vas por acá, puede ser que llegues. Entonces, hay que distinguir. Y lo hace en las tres lecturas empleando un método, que nosotros tal vez no lo empleemos mucho. ¿Por qué? Porque nosotros leemos, todo el mundo tiene libros, periódicos, escucha la radio, la televisión, el internet que se mete aquí, y entonces los libros tienen un discurso enorme, van a tratar un tema y entonces, hay librones así sobre ese tema. Entonces, eso nos permite hablar mucho, hablar mucho.
Pero en aquella época, eso no existía. En aquella época, el que predicaba, el que anunciaba, el que enseñaba, ese tenía que hacerlo con unos métodos didácticos muy rápidos y entendibles. Y uno de esos métodos propios de aquella época, que a nosotros tal vez nos llame la atención, es el método de la contradicción. Se les ha dicho esto, pero yo les digo esto. En definitiva, la vida de los hombres es así, hermanos. La vida de persona humana es esa, tiene que saber elegir en la vida dónde yo quiero estar.
Entonces, la segunda lectura, es el meollo de la cosa. El meollo porque habla de la resurrección. Es como para decir, Jesús quería decirle a aquella masa que estaba allí, de gente que venía de tantos lugares a escuchar a Jesús. Ojalá que en esos lugares que todos esos lugares que mencionan Judea, Jerusalén, Sidón y Tiro, todos ellos están en guerra entre sí, ojalá que hoy vayan a escuchar al Señor Jesús, como fueron esta gente; buscando pobremente y sí, pobre porque no tenían fuerza, buscaban al Señor Jesús.
Pablo les quiere decir, hermanos, recuérdense que nosotros hemos sido creados para vivir eternamente junto a Dios. Que, si Cristo resucitó, nosotros también resucitaremos. Entonces, él le hace la disyuntiva. Si ustedes dicen que los hombres después de muertos algún día no podrán resucitar en Cristo Jesús, vana es su fe. Vana es su fe. Entonces, Cristo si no ha resucitado. Entonces, ¿para qué creemos en Cristo? ¿Para qué estamos aquí? Estamos aquí porque creemos que Jesús es nuestro Salvador, que se ofreció en la cruz por mí, con su sangre lavó mis pecados para yo resucitar con Él.
Fíjense bien la contradicción. No creen vana es su fe. ¿Creen que el Señor resucitó? Ah, entonces sí, podemos creer que nosotros podemos resucitar. Fíjese la contradicción. Por eso nosotros tenemos que estar dispuestos a decirle al Señor, “Señor, yo creo que tú resucitaste y que por tu resurrección tú me vas a llevar hacia ti a vivir la vida eterna.” Ese la el primer mensaje y el mensaje grande. Y ahora viene bien, pero para lograr la resurrección tenemos que tratar que ser rectos y humildes de corazón.
Porque no puede ser que Cristo, el Señor se entrega por nosotros con un amor sincero, desinteresado, y se da, que pasó por el mundo haciendo el bien, sin pecado, y yo pretenda después estar junto al Señor, cuando yo no he querido ser, ni he trabajado para ser recto y sencillo de corazón viviendo en la verdad.
Después que se dice esto, Cristo ha resucitado, vamos a resucitar, procuremos vivir de tal manera que seamos rectos, como dice bien el texto, rectos y sencillos de corazón. Entonces, ahora, ¿cómo podemos lograr esto? Vamos entonces a Jeremías. Jeremías también tenía la misma situación. Él tenía que hablarle a judíos de aquella época y decirles, ¿por qué tenemos que seguir al Señor Dios, a Yahvé? ¿Por qué tenemos que seguirle? ¿Por qué? Y entonces empieza con aquellas cosas, que es un método didáctico que es una roca. “Maldito el hombre que confía en el otro hombre, que busca su apoyo en un mortal”. Y aquí viene la frase ahora, porque ustedes dirán, “Ah, claro que tenemos que confiar, claro que tenemos que confiar en las personas”.
Claro. Pero si somos inteligentes, sabios, esto es de sabiduría, confiamos en aquel que tiene las características que se pueda confiar, y siempre diciendo, bueno, pero hay que confiar en los demás. Pero aquí viene la frase esta. “Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y que aparta su corazón del Señor” Esa es la clave. Que aparta su corazón del Señor. ¿Por qué? Cuando apartamos nuestro corazón del el Señor nos podemos ir por todas esas cosas que nos llevan a otro lugar, que no es precisamente Dios, que es el bien, es la bondad, es la resurrección y es la vida.
Entonces, ¿cuáles son las consecuencias cuando nos apartamos de la ley de Dios? Viene aquí todo lo demás. Se parece a una mata que está en el desierto, una mata de cardo, nunca le cae el agua, se seca, esa no tiene vida. Eso es lo que pasa cuando nos apartamos de Dios. A lo mejor aparentemente podemos mucho, pero no alcanzamos lo principal que es resucitar junto a Dios.
Ahora viene lo otro, la contradicción. “Bendito el que confíe en el Señor y que pone en Él su esperanza”. Entonces, es para llevarnos. Cualquier persona que oía eso aquel momento y ahora también, dice, “Maldito aquel que se aparta del corazón de Dios y de su palabra. Bendito es aquel que busca al Señor y en Él pone su esperanza”. Y entonces viene la bondad, muy bonita, se asemeja a un árbol plantado a la orilla del agua, sus raíces penetran, las ramas tienen flores, da fruto. Viene la sequía, el árbol no puede evitar la sequía. Igual que nosotros no podemos evitar el hambre, la necesidad, la mala situación. Muchas veces no podemos evitarla, si trabajamos para evitarla y no podemos evitarla. Y dice él, “Y viene la sequía, pero no se inquieta. Ni deja de producir sus frutos”.
Entonces, hermanos, esa la enseñanza. Viene la situación dura, confiamos en el Señor, nos ocupamos de resolverla. Hay veces que nos preocupamos, pero el hombre de fe confía en el Señor y sigue dando los frutos que puede dar, porque el único que recoge al final es el Señor. y nosotros sabemos que vamos a recoger la vida eterna. Antiguo Testamento.
El Salmo, que también en el Antiguo Testamento, es casi eso que yo he leído ahora, ponerlo en oración. Y lo hemos dicho nosotros, lo hemos rezado. “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”. ¿Cómo debe comportarse un cristiano? Hay veces que a personas preguntan esto, ¿cómo debe comportarse? Pues yo les digo, vayan al salmo primero, al uno, al primer salmo de la Biblia, que es elevar lo que yo he leído en oración, “dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, sino aquel que su gozo es la ley del Señor”.
Entonces, hermanos, vamos a fijarnos en aquello, maldito o triste, es que es fuerte la palabra maldito. Triste, triste es que no sigamos al Señor, y bendito y alegre aquel que lo sigue. Pero viene el evangelio. Y el evangelio son las bienaventuranzas. Nosotros sabemos que tenemos los mandamientos, que para salvarnos tenemos que seguir los mandamientos. No es porque tengamos que seguirlos. Eso una equivocación. Es porque si lo seguimos, estamos siguiendo el camino que Dios nos da, que es el mejor camino que podemos tener. Es por eso. Un mundo sin mentira, sin infidelidades, sin asesinatos, sin envidia, ese es el mejor mundo del mundo.
Que tratamos de buscarlo y de hacerlo, eligiendo presidentes y formando cosas ideológicamente, siguiendo ideologías que dicen que van a convertir la felicidad eterna aquí en el mundo, y eso es falso porque es el confiar en los hombres y no en Dios.
Entonces viene el evangelio, y en el evangelio nosotros vemos que, teniendo en cuenta los mandamientos, el Señor empieza a hablar en el mismo tono. “Felices ustedes, porque de ustedes el reino de los cielos.” Fíjense que le hablaba a una multitud que estaba agobiada por el camino, el sol en esa zona árida. Dice, “Felices ustedes que lloran, porque reirán. Felices ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán satisfechos. Felices ustedes que los hombres los odian por mi nombre”. Eso también significa por hacer el bien. ¿Quiénes son esos? Los que han sembrado su mata, su árbol, su vida en aquel manantial de agua fresca que es Dios. “Felices ustedes que tienen hambre y sed de justicia”.
Otro pasaje con las bienaventuranzas en otro evangelio habla de eso, ustedes que buscan, que luchan por la paz, que luchan por la vida, felices ustedes que hacen el bien. Aquí se refiere, y nos pone estos ejemplos duros, hambre, que puede ser el hambre material, pero sobre todo el hambre espiritual, porque todo está regido por aquella frase de felices aquellos que confían en el Señor y tienen hambre de justicia, de amor y de paz aquí en la tierra. Felices.
¿Cuáles son los otros? Dice, “pero pobre de ustedes, los ricos” ¿Cuáles son los ricos? Los satisfechos, tanto materialmente como culturalmente, espiritualmente con el poder. Ah, ustedes son ricos y se sienten ricos y se sienten seguros. Pobres de ustedes. Pobres de ustedes, que no confían en el Señor y confiaron en su poder. Pobres de ustedes que han logrado todas esas cosas, y no se dan cuenta de que el Señor es el que premia el corazón del hombre. Pobres de ustedes, que ponen todo su tiempo en eso, y no en buscar a Dios.
Y aquí viene el problema de la apuesta. ¿Por qué nosotros apostamos? ¿Porque confiamos en el Señor o porque confiamos nosotros? ¿Porque confiamos en la ley de los hombres o en un hombre que nos pinta pajaritos volando, o confiamos en la palabra de Dios y en el Señor? es la apuesta. Y el Señor lo ha puesto aquí, la sabiduría del Antiguo Testamento de aquella época, nos dice ahora que nosotros también tenemos que escoger, el bien o el mal.
¿Creo que resucitaré o creo que voy a terminar la tumba oscura? Creer que mi vida tiene un sentido, o no, creer que mi vida solamente es crecer, vivir, morir y ya. Hermanos, hay que escoger, pero sepamos escoger. Para eso tenemos la palabra de Dios. Nosotros los hombres por nuestra razón podemos descubrir muchas cosas, pero el sentido de la existencia, el porqué de las cosas solamente lo encontramos buscando al Señor Jesús. Que Dios nos ayude a vivir así. Amén.